se encontraba una mujer rubia vestida con un traje de seda carmín y, en la mano de Daniel, descansaba un estuche de terciopelo abierto con un anillo de diamantes.
Estaba a punto de pedir matrimonio frente a toda la estirpe militar.
Su sonrisa de orgullo se desvaneció al instante en que cruzamos la puerta. Su mirada recorrió a los cuatro pequeños: uno por uno.
El rostro se le puso blanco como la cera.
—Daniel… ¿quiénes son ellos? —preguntó su prometida, retirando lentamente la mano de su brazo.
Daniel intentó articular