se fragmentó en mil pedazos ante la cruda realidad de mis acciones. Había llenado la casa de especialistas y equipo médico de última generación, pero jamás me detuve a sostener la mano de mi madre durante las largas noches de insomnio.
Mi madre suspiró profundamente, reclinando su cabeza gastada contra el respaldo de la silla de ruedas.
—Descubrí quién era Clara hace cuatro meses —confesó mi madre, acariciando los nudillos de la joven—. La vi llorar sobre una fotografía de su padre que guardaba en su bolsillo. En lugar de