del despacho se volvía sofocante—. ¿Por qué te quedaste limpiando el polvo de los cuadros de mi familia mientras guardabas semejante secreto?
—Porque cuando entré a esta casa, encontré a una mujer muriendo en la más absoluta soledad —respondió Clara, mirando con ternura a mi madre—. Vi a una madre que tenía todo el oro del mundo, pero ni un solo abrazo sincero al final del día…
Las palabras de Clara perforaron mi orgullo con una precisión devastadora. La imagen de fortaleza y devoción filial que había mantenido durante años