abrazó.
Yo sí me arrodillé.
Recogí cada pedazo con las manos sangrando.
Esa misma semana pedí el divorcio.
Adrian pensó que era una rabieta.
—¿En serio vas a romper nuestra familia por una pulsera?
No respondí.
Me llevé a nuestro hijo, Noah, y me fui.
Tres años después volví a encontrarme con Adrian en un concurso internacional de diseño de joyas.
Yo estaba revisando la lista de finalistas cuando una mano me sujetó la muñeca.
—Tres años desaparecida.
Reconocí la voz antes de girarme.
Adrian.
Más delgado.
Más frío.
Igual