de arrogante.
Me recorrió con la mirada.
—¿Ya terminaste con tu berrinche?
Retiré la mano.
—Suéltame.
Él sonrió con desprecio.
—Te compensaré con cien brazaletes si hace falta. Recoge tus cosas y vuelve a casa.
En ese momento Noah, de seis años, tiró suavemente de la chaqueta de Adrian.
—Señor, ¿puede apartarse?
Adrian bajó la mirada.
—¿Qué?
—Mi papá está buscando a mamá.
El rostro de mi exmarido cambió.
Después me miró.
—¿Qué acabas de enseñarle a decir?
No respondí.
Lily apareció detrás de él, más elegante y venenosa que