querías cosas mías.
—Sí.
—Hasta el brazalete de mi madre.
Cerró los ojos.
—Especialmente ese.
La sinceridad dolió.
—Sabías lo que era.
—Sí.
La miré.
Durante años había imaginado que quizá no sabía toda la historia.
Acababa de perder esa excusa.
—Entonces cuando lo rompiste…
—Quería hacerte daño.
Silencio.
—Lo siento.
No lloré.
Tampoco grité.
—Gracias por decir la verdad.
Levantó la mirada con esperanza.
—¿Me perdonas?
Negué.
Su cara cayó.
—No todavía.
—Pero…
—Una disculpa no es una factura que se paga y automáticamente borra la deuda.
No dije