del vestíbulo.
—Vine a pedirte perdón.
Casi me reí.
—¿Por qué parte?
Lo aceptó.
—Por el brazalete.
—Bien.
—Por los diseños.
—Bien.
—Y por…
Respiró.
—Por disfrutar de hacerte sentir menos.
Eso sí me sorprendió.
Lily miró el suelo.
—Durante años estuve convencida de que tú me habías quitado la vida que debía ser mía.
—¿Adrian?
—Sí.
Solté una pequeña risa.
—No era un premio.
—Ahora lo sé.
Silencio.
—Cuando se casó contigo, pensé que si seguía siendo importante para él, significaba que yo todavía había ganado algo.
—Así que