cuando estuviera convencida de que las consecuencias de sus excesos serían para otra persona. Y la respuesta fue bastante clara y decepcionante.
Siguieron pidiendo. Siguieron agregando cosas al pedido. Siguieron actuando como si aquella mesa les perteneciera y como si mi única responsabilidad en la familia fuera hacer desaparecer la cuenta al final.
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Cuando retiraron los últimos platos de postre, mi cuñada se recargó satisfecha en la silla, frotándose la barriga.
—Qué buena cena —dijo con un suspiro—. Hay que venir a este restaurante