Llevaba tirantes debajo de la chaqueta del traje y, al parecer, nos había estado esperando durante doce años.
Nos miró a papá y a mí por encima de sus gafas de montura metálica.
—Bueno —dijo—, a Samuel le habría molestado que tardara tanto.
Papá casi sonrió. “Me lo imagino.”
El señor Mercer me miró cojeando por un instante. No dijo nada al respecto. Me cayó bien enseguida.
Mi madre había venido, pero insistió en esperar en el vestíbulo.
“Esto era entre Samuel, Robert y Evelyn”, había dicho ella.
Hace doce