unos segundos nadie habló.
Ni Ethan.
Ni Vanessa.
Ni yo.
La música seguía sonando en otra parte del club.
Una canción alegre.
Ridículamente alegre.
Dentro del salón Orion, en cambio, el aire se había vuelto tan pesado que parecía imposible respirar.
Ethan fue el primero en reaccionar.
Se rio.
No era una risa real.
Era esa clase de sonido que alguien hace cuando todavía espera convencer a todos de que existe una explicación lógica.
—Richard.
Miró a mi padre.
—Esto es absurdo.
Mi padre no respondió.
Uno de los agentes