la tarjeta negra era suya porque la había utilizado durante nueve años.
Creyó que mis contactos eran suyos porque respondían sus llamadas.
Creyó que Morgan Holdings era parte de su imperio porque sus empresas habían crecido a su lado.
Y quizá, durante demasiado tiempo, yo también le enseñé a pensar así.
Cada vez que dije:
“No importa, somos marido y mujer.”
Cada vez que permití que mi nombre respaldara una decisión que yo no había tomado.
Cada vez que dejé que su orgullo necesitara una versión de la historia donde