La puerta de la minivan plateada se abrió.
Bajó primero una mujer de unos sesenta años, con un abrigo azul y el cabello recogido. Después salió un hombre apoyado en un bastón. Detrás de ellos aparecieron dos adolescentes y un niño pequeño que llevaba una cesta de plástico.
La mujer miró hacia el huerto y sonrió.
—¡Buenos días, señor Lindqvist!
Papá levantó una mano desde el otro extremo de las hileras.
—Buenos días, Susan. Hoy llegas temprano.
—Mi nieto lleva despierto desde las cuatro. Estaba demasiado emocionado para volver a