una tarde dejaron de estar disponibles.
Entonces descubrió el precio real.
No eran los ciento noventa mil dólares del collar.
Ni los millones investigados.
Ni la empresa que perdió valor.
El precio real fue quedarse solo frente a una puerta que siempre había creído suya y descubrir que jamás había tenido la llave.
Yo sí.
Y aquella noche, por fin, decidí guardármela.