Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

tosió al fondo.

Sophie palideció.

—Entonces ¿por qué me odias?

—No te odio.

—Claro que sí.

—No.

Negué.

—Simplemente no me caes bien.

A veces las personas creen que toda antipatía femenina debe tener un hombre en el centro.

No.

Sophie me parecía manipuladora.

Eso era suficiente.

—¿Y los mensajes?

Pregunté.

Su cara cambió.

—¿Qué mensajes?

—Los que supuestamente recibiste anoche.

—Ya los entregué.

—Bien.

—¿Qué insinúas?

—Nada.

Sonreí.

—Recursos humanos los investigará.

Me fui.

Por primera vez pareció nerviosa.

El número desconocido resultó pertenecer a una tarjeta prepago.

Comprada