Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

convertirnos legalmente en marido y mujer.

La casa ya estaba preparada.

Habíamos elegido cortinas, vajilla, ropa de cama.

Bueno, en realidad casi todo lo había elegido y pagado yo.

La vivienda era una propiedad que mis padres me habían dejado antes de morir. Estaba completamente pagada y la escritura llevaba únicamente mi nombre.

Daniel siempre decía que eso no le importaba.

“Mientras tú seas mi esposa, no necesito que nada lleve mi nombre.”

Yo había creído aquella frase.

Por eso, al ganar, mi primer pensamiento fue compartir.

Pagaría el préstamo