aceptar que una persona cambiara sin convertir su cambio en una obligación para mí.
Pasaron los años.
La casa siguió siendo mía.
Convertí el dormitorio de invitados en biblioteca.
El lugar donde Patricia había dicho que cabría una cuna terminó lleno de libros, fotografías y plantas.
Vendí el reloj que había comprado para Daniel y utilicé ese dinero para encargar una mesa de madera.
No necesitaba el dinero.
Simplemente me gustaba el simbolismo.
El último regalo que había comprado pensando en nuestro matrimonio terminó convertido en una mesa dentro de