Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

sí que demuestra crecimiento personal.

Él se rio.

Rachel fue a saludar a unos amigos.

Nos quedamos solos.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien.

—¿De verdad?

—De verdad.

Asintió.

—Me alegro.

Miré hacia Rachel.

—¿Es serio?

Daniel la miró.

Su expresión se suavizó.

—Sí.

Hubo una pequeña punzada.

Pero no quería su lugar.

Solo estaba despidiéndome de una posibilidad que ya llevaba años muerta.

—Entonces me alegro por ti.

—Gracias.

Daniel se quedó callado.

Después dijo:

—Quería agradecerte algo.

—Eso parece peligroso.

Sonrió.

—Por cancelar nuestra boda.

Lo miré.

—No esperaba eso.