—Yo tampoco.
Respiró.
—Si nos hubiéramos casado, creo que habría tardado muchísimo más en entender quién era yo dentro de mi familia.
—Quizá.
—Rachel y yo hemos hablado de dinero desde el principio.
—Romántico.
Se rio.
—Sorprendentemente sí.
—Bien.
—Tenemos cuentas separadas, una conjunta para gastos y límites muy claros sobre cuánto ayudamos a familiares.
Sonrió débilmente.
—Todo lo que debería haber hablado contigo.
—Sí.
—No sabía cómo.
—Tampoco yo.
Eso lo sorprendió.
—¿Qué?
—Yo tampoco sabía cómo poner límites.
Daniel negó.
—No fue tu culpa.
—No dije eso.
Respiré.