Dos días antes de casarme gané la lotería. Esa noche mi prometido quiso regalarle mi casa a su hermano

escribió:

“¿Eso es todo?”

Sonreí.

“Sí.”

Pasaron unos minutos.

Después:

“Quiero disculparme.”

No respondí todavía.

Llegó otro.

“En aquel momento realmente creía que si te casabas con Daniel ibas a convertirte en mi hermana y por eso era normal pedirte ayuda.”

Después:

“Ahora entiendo que yo no quería una hermana.”

“Quería a otra persona que resolviera mis problemas.”

Leí aquellas palabras lentamente.

“Espero que estés bien”, respondí.

“Estoy mejor.”

Eso fue todo.

Nunca nos volvimos amigos.

No lo necesitábamos.

Una disculpa no siempre es una puerta.

A veces es simplemente