dejé sobre el escritorio.
Durante unos segundos pensé en aquella noche.
Mi padre con el teléfono en la mano.
Renata llorando.
Santiago sonriendo.
Mi madre callada.
Yo diciendo:
—Revisa las cámaras.
Si cualquiera de ellos hubiera hecho algo tan sencillo, quizá mi vida habría sido distinta.
Pero no lo hicieron.
Tomé la carta y la pasé por la trituradora.
El papel desapareció en tiras finas.
Luego serví café y me acerqué a la ventana.
Abajo, la ciudad seguía moviéndose.
Autos.
Oficinas.
Gente cruzando avenidas.
Personas empezando vidas que nadie más