podía controlar.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio.
Era un mensaje de una nueva clienta.
Había sido acusada por sus socios de desviar dinero de su empresa.
Decía que tenía pruebas, pero nadie quería escucharla.
La llamé.
Respondió con voz temblorosa.
—Licenciada, no sé por dónde empezar.
Miré la placa de mi abuelo.
—Empieza por contarme exactamente qué pasó.
La escuché durante casi una
hora.
Cuando terminamos, el sol ya empezaba a caer entre los edificios.
Apagué la computadora.
Cerré la puerta de mi despacho con mi propia llave.
Durante