«¡Ni siquiera sabes leer!» —se rió el juez en la sala del tribunal… hasta que el conserje se puso de pie y lo puso en su lugar.

su contrato de limpieza se renovaba pronto. No discutió ni intentó averiguar quién estaba al otro lado. Anotó la hora, conservó el registro y lo comunicó a Lorena. Aquella noche quiso abandonar todo. Sacó del bolso la fotografía del padre y lloró de rabia: incluso ahora, decir lo que había visto parecía exigirle arriesgar el ingreso con que compraba comida. Al amanecer acudió acompañada a declarar.

Las semanas siguientes fueron difíciles. Adriana continuó trabajando y declarando. Hubo solicitudes, entrevistas y noches revisando copias con Lorena. Algunos empleados dejaron de saludarla;