«¡Ni siquiera sabes leer!» —se rió el juez en la sala del tribunal… hasta que el conserje se puso de pie y lo puso en su lugar.

otros se acercaron para contar lo que habían callado.

Una compañera, Lidia, encontró a Adriana llorando junto al cuarto de materiales.

No preguntó por el juicio. Le acercó una silla y se quedó con ella durante el descanso.

Adriana comprendió que llevaba años buscando reconocimiento en personas que apenas la miraban, mientras aquella mujer sabía cuándo no había comido y qué turno le convenía cambiar.

La investigación avanzó con documentos recuperados, registros y declaraciones que ya no dependían solamente de su testimonio. El asistente de Montiel terminó reconociendo la entrega