no hablarían a solas sobre expedientes pendientes.
Se encontraron con Lorena presente.
El juez, que había ejercido autoridad durante décadas, tardó en empezar.
—La humillé por el trabajo que hace. No tengo una explicación que lo justifique.
Adriana lo miró sin ayudarlo a terminar.
—Y cuando conocí su preparación, empecé a escucharla de otra manera —continuó—. Eso también estuvo mal.
Ella dejó las manos sobre la mesa.
—Lidia limpia el pasillo conmigo. No tiene mi título. Si ve algo importante, merece que la escuchen igual.
Cárdenas asintió. La disculpa no