Hubo semanas en las que los fideos instantáneos parecían un lujo.
Hubo noches en que me ardía tanto el estómago de hambre que solo conseguía dormir a ratos.
Mis hijos ayudaron cuando pudieron.
Me trajeron víveres, me dieron dinero para la gasolina y me rogaron que les pidiera más.
Pero ellos también tenían hijos, alquileres que pagar y emergencias que afrontar.
Me había pasado toda la vida adulta aprendiendo a arreglármelas con lo que tenía.
Estaba demasiado acostumbrada a sonreír y decir: “Estoy bien”.
Luego, unos días antes de