pulmones.
Los papeles quedaron esparcidos por todo el piso. Sandra se acomodó el cuello de su abrigo fino, me apuntó con un dedo huesudo que le temblaba de ira y me escupió en la cara:
—¡Métetelo bien en la cabeza! ¡Jamás en tu perra vida vas a usar a ese chamaco para quitarle la lana ni para controlar a mi hijo!
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Asfixiante.
La recepcionista se había levantado tras el mostrador con la boca abierta y las manos en la cabeza. Una