Conmoción en la fiesta de la empresa, compromiso con la hermanastra y adquisición del 90 por ciento de las acciones.

Eran las tres y media de una tarde gris y lluviosa de jueves cuando mi vida, mi matrimonio y la farsa en la que vivía terminaron de romperse en mil pedazos.

Estaba sentada en la sala de espera de la clínica ginecológica, encorvada sobre mí misma. Tenía exactamente catorce semanas de embarazo. Entre las náuseas que no me daban tregua, los mareos repentinos y un dolor sordo en la espalda baja, sentía que el cuerpo apenas me respondía. Sobre las piernas sostenía un fólder grueso, repleto de análisis de sangre,