abrí, ahí estaban Javier y Vanesa; ella traía puesta una sonrisa triunfal y ni siquiera esperó a sentarse para empezar a mirar las paredes del comedor como si ya estuviera contando los billetes.
—Ay, suegra, qué bueno que tomó la decisión correcta —dijo Vanesa mientras dejaba su bolso caro sobre mi sillón—. La verdad es que mantener una casa tan grande para una señora sola es un desperdicio. Con lo que saquemos de aquí, Javier y yo vamos a liquidar nuestra hipoteca, cambiaremos los coches y, claro, pagaremos la mensualidad