con una cláusula que me permitía entregar las llaves en treinta días. El viernes por la tarde, mientras Javier creía que yo estaba guardando mis platos en cajas para irme al asilo, yo estaba en la notaría firmando la venta definitiva de mi casa y abriendo un fideicomiso privado e irrevocable.
Llegó el domingo por la noche.
Preparé una cena deliciosa: lomo al horno, puré de papa y el pastel de manzana que tanto le gustaba a Javier cuando era niño. A las ocho en punto tocaron el timbre. Cuando