todavía colgado en el hombro. En el pórtico estaba parado un oficial de tránsito con la patrulla encendida atrás, sosteniendo su gorra contra el pecho con ambas manos.
Lo supe antes de que abriera la boca. Hay tragedias que una mujer presiente en el aire.
Javier me había seguido caminando descalzo por el pasillo. Se escondió detrás de mis piernas, agarrándose de mi falda con su pijamita verde de dinosaurios. Asomó la cabecita y miró al policía desde abajo.
—Mamá —susurró—, ¿por qué ese señor tiene cara de estar triste?