No supe qué contestarle. Esa noche mi hijo no quiso dormir en su cuarto; durmió abrazado a mi cuello en la cama matrimonial mientras yo miraba el techo hasta que amaneció, jurándole al espíritu de mi esposo que, aunque me partiera el alma en mil pedazos, nuestro hijo saldría adelante y jamás perdería el techo que Daniel había empezado a pagar con tanto sacrificio.
Al mes siguiente del funeral, el banco me avisó que el seguro de vida no cubría la totalidad de la hipoteca por una cláusula absurda. Para