vendría.
Solo dijo:
—Estás demasiado delgada.
Eso fue todo.
Lloré sobre su hombro.
Los primeros días dormí.
Muchísimo.
Doce horas.
A veces catorce.
Me despertaba, comía y volvía a acostarme.
Mi madre no me molestaba.
Una tarde entró con una lista.
—Tengo tres candidatos.
La miré.
—¿Qué?
—Para las citas.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Tan rápido?
—Tú pediste agenda llena.
—Mamá.
—Uno tiene una tienda de fertilizantes.
Me tapé la cara.
—Otro trabaja en el gobierno local.
—No.
—Y el tercero regresó de Canadá.
Asomé un ojo.
—¿Abdominales?
Mi madre me