La observé.
Tenía los ojos grandes de su madre y una pequeña cicatriz cerca de la ceja derecha.
Se la había hecho a los ocho años al caerse de una bicicleta.
Recordaba perfectamente aquella tarde.
Yo había corrido hasta el parque, la había llevado a urgencias y había permanecido sentada junto a su cama hasta que dejó de llorar.
Entonces me había abrazado diciendo:
«Tía, cuando sea mayor voy a comprarte una casa enorme para que no tengas que trabajar nunca más».
Miré a la joven que tenía delante.
—Sophie, ¿