de aceptar proyectos fuera de la ciudad.
Después rechacé una oferta para dirigir un estudio.
Más tarde empecé a trabajar únicamente desde casa.
Mientras tanto, Daniel prosperaba.
Cuando abrió su empresa, yo aporté buena parte de mis ahorros y el dinero que mi padre me había dejado en herencia.
A cambio, recibí una participación del treinta por ciento.
Nunca me interesé demasiado por las reuniones de socios.
Confiaba en mi marido.
Aquella confianza había sido mi mayor debilidad.
Abrí los archivos que conservaba de nuestra documentación financiera.
Entre las carpetas