por fin, estaba dispuesta a cumplirlas.
Sonreí.
Y continué caminando.
Había pasado catorce años construyendo un hogar para los demás.
A partir de aquel día, empezaría a construir una vida para mí.
Porque Daniel jamás comprendió algo muy sencillo:
Cuando una mujer decide marcharse después de haberlo entregado todo, no siempre lo hace porque haya dejado de amar.
A veces se marcha porque, al fin, ha comprendido que también merece recibir amor, respeto y lealtad.
Y cuando descubre que puede vivir sin aquello que tanto temía perder…
ya no hay