se acercaron a felicitar a Noah.
—Tu hijo fue maravilloso, Emily.
—Qué porte tiene.
—Parece un pequeño adulto.
—Deberías estar orgullosa.
Lo estaba.
Más de lo que ellas podían imaginar.
Cada elogio a Noah era también un recuerdo de todas las noches sin dormir, de las fiebres atendidas sola, de las cuentas pagadas con miedo, de las veces que sonreí frente a clientes mientras por dentro calculaba si alcanzaría para la matrícula.
Alexander no conocía nada de eso.
No estuvo cuando Noah nació.
No estuvo cuando le salió el primer