unos metros con sus compañeros, comparando diplomas y riéndose por algo que había dicho un niño.
Me giré.
Alexander estaba frente a mí.
Más cerca que en el escenario.
A los cuarenta, seguía teniendo esa presencia que llenaba cualquier espacio. El traje caro, los gemelos discretos, el reloj sobrio, la mirada de alguien acostumbrado a que el mundo se acomodara a su paso.
Pero hoy había algo fuera de lugar.
Una grieta.
—Señor Shaw —dije.
Su mandíbula se tensó.
—¿Señor Shaw?
—Estamos en una ceremonia escolar. No creo que “exmarido”