semáforo cambió a verde.
Avancé.
—Sí.
—¿Me lo vas a contar algún día?
La pregunta fue suave.
No exigente.
Y quizá por eso dolió más.
—Sí, Noah. Pero quiero hacerlo bien. No en el auto, camino a la escuela.
Él asintió.
—Está bien.
Pausa.
—¿Es una historia triste?
Tragué saliva.
—Al principio sí.
—¿Y al final?
Lo miré de reojo.
—Al final apareciste tú.
Noah se quedó en silencio.
Después sonrió.
No volvió a preguntar.
A las diez, llegué a la oficina de mi abogado.
Clara Morgan, mi abogada y