visible en su rostro era el cansancio.
No el cansancio de alguien que sufre.
El cansancio de alguien que quiere quitarse de encima una molestia.
Yo era eso para él.
Una mancha de polvo sobre su traje caro.
—Alexander —lo llamé.
Él suspiró.
—¿Ahora qué?
—Estuvimos casados cinco años.
Soltó una risa breve.
—¿Y?
—¿Alguna vez me amaste?
Su expresión cambió.
No por culpa.
Por incomodidad.
Como si mi pregunta fuera infantil, vergonzosa, fuera de lugar.
—Emily, no hagas preguntas tan inmaduras. Somos adultos.
—Éramos marido y mujer.
Él me