sé.
Por primera vez, Alexander sonrió.
Una sonrisa pequeña, triste, verdadera.
Cuando terminó la reunión, Noah volvió conmigo.
No dijo nada hasta que estuvimos en el auto.
—No es como imaginé.
—¿Cómo lo imaginabas?
—No sé. Más… grande.
Miré por el retrovisor.
Alexander seguía de pie en la entrada del jardín, viéndonos ir.
—La gente real suele ser más pequeña que las preguntas que hacemos sobre ella.
Noah pensó en eso.
—¿Lo odias?
La pregunta llegó suave, pero directa.
—No.
—¿Antes sí?
—Sí.
—¿Y ahora?
Miré la carretera.
—Ahora ya