graduación.
Noah ya se reunía con él dos veces al mes, sin supervisión directa pero con horarios claros. Lo llamaba Alexander. Nunca papá.
Alexander no lo presionaba.
Ese día, después de dejar a Noah en mi apartamento, pidió hablar conmigo.
Acepté en el vestíbulo.
No subió.
—Quiero pedirte algo —dijo.
—Si es sobre aumentar las visitas, habla con Clara.
—No es eso.
Esperó.
Parecía nervioso.
Alexander Shaw, nervioso en el vestíbulo de mi edificio, con las manos vacías y la voz baja.
—Quiero disculparme.
—Ya lo hiciste.
—No como debo.