corría hacia otra.
Pensé en la mujer en la sala de parto diciendo “murió” porque era más fácil que explicar el abandono.
Pensé en todas mis versiones.
—Por mí, no.
Alexander bajó la mirada.
—¿Por Noah?
—Por él, sigue apareciendo. Sin comprarlo. Sin exigirle. Sin usarlo para reparar tu culpa. Si un día decide llamarte papá, que sea porque tú construiste algo, no porque la biología lo obligó.
Él asintió.
—Lo haré.
—Eso todavía no lo sabes.
—Entonces lo intentaré hasta saberlo.
No respondí.
Me despedí y subí.
En el