aprender.
Cuando Noah cumplió dieciocho, fue aceptado en una universidad en el extranjero.
La noticia llegó un viernes por la mañana.
Él abrió el correo en la sala.
Gritó.
Yo corrí pensando que algo malo había pasado.
Alexander, que había venido a dejar unos documentos de un fondo educativo que ahora administraba con Noah, se levantó de golpe.
—¡Entré! —gritó Noah—. ¡Entré!
Lo abracé primero.
Alexander se quedó a un lado, esperando.
Noah se soltó de mí y luego, con naturalidad, abrazó a su padre.
Alexander cerró los ojos.
Aquel