abrazo le costó diez años de ausencia, años de paciencia y una cantidad de humildad que el antiguo Alexander jamás habría soportado.
Pero llegó.
Tarde.
Imperfecto.
Real.
Para celebrar, Noah pidió una cena sencilla en mi apartamento.
No en un restaurante caro.
No en un club privado de Alexander.
Pizza, pastel de chocolate y una montaña de papeles universitarios.
Durante la cena, Noah nos miró a ambos.
—Quiero decir algo antes de irme.
Yo dejé el tenedor.
Alexander también.
—Sé que mi historia no empezó fácil. Y sé que los