Alexander también.
Luego Noah soltó una risa.
—Era broma.
No del todo.
Alexander tomó la pluma con ambas manos.
—La usaré bien.
Yo miré a mi hijo.
Ya no era el niño al que le oculté la verdad.
Era un joven capaz de nombrar heridas familiares sin destruirse con ellas.
Quizá eso era sanar.
No que el pasado dejara de doler.
Sino que dejara de mandar.
Años después, cuando Noah se graduó de la universidad, Alexander y yo volvimos a estar sentados juntos en un auditorio.
Esta vez no hubo