pasado.
Él asintió.
—Puedo intentarlo.
—Eso dijiste con miedo.
—Porque contigo, incluso el café parece una evaluación.
—Quizá lo es.
Sonrió.
Y por primera vez, no me molestó.
Noah volvió de vacaciones seis meses después.
Más alto.
Más seguro.
Con historias de clases, amigos, nieve, bibliotecas enormes y una profesora de literatura que le daba miedo.
Nos trajo regalos.
A mí, una lente antigua para cámara que encontró en un mercado.
A Alexander, una pluma de edición limitada.
—Para que firmes cosas que sí leas —dijo Noah.
Me quedé helada.