que le arreglaran las mangas”.
Me quedé mirando la puerta del cubículo.
Mi vestido no era el único.
Clara no me había comprado un regalo desafortunado.
Había estado organizando a las mujeres.
De repente, Clara gritó desde algún lugar más allá del baño.
“¡Esos son míos!”.
Salí corriendo al pasillo.
Clara gritó desde algún lugar más allá del baño.
En el comedor privado se había desatado una discusión.
Un mesero pasó corriendo a mi lado hacia la entrada.
Había tres fundas de ropa colgadas de un perchero con ruedas junto