la conocieras por quien era, no por lo que podía darte.
Tragó saliva.
—Tu padre y el esposo de Carmen fueron socios durante varios años.
Lo miré confundido.
—¿Socios?
—Sí.
—¿En qué?
El abogado deslizó un documento hacia mí.
Era el registro de una pequeña empresa familiar.
Y allí aparecía el nombre de mi padre.
Pero había algo más.
Una parte de las ganancias había sido destinada durante años a un fondo para la educación de los hijos de los trabajadores.
Mi nombre aparecía entre los beneficiarios.
Me quedé sin