—Carmen, ¿estás comiendo bien?
Ella sonrió.
—Claro que sí, hijo.
Pero sabía que no era cierto.
Así que, después de terminar de limpiar, empecé a quedarme un poco más.
A veces iba al mercado y compraba algo con el poco dinero que tenía.
Otras veces cocinaba lo que encontraba en su cocina.
Una sopa.
Un guiso.
Arroz con carne.
Cosas sencillas.
Pero Carmen parecía disfrutar cada plato como si fuera una comida de restaurante.
—Hace mucho que nadie cocina para mí —me dijo una tarde.
No respondí.
Simplemente le serví