No era mi abuela.
No teníamos ningún vínculo de sangre.
Y, sin embargo, sentí como si acabara de perder a alguien de mi familia.
El funeral fue pequeño.
Algunos vecinos.
Un antiguo conocido.
Una mujer que dijo haber trabajado con Carmen muchos años atrás.
Y yo.
Sus hijos no llegaron hasta después.
Vivían en otra ciudad y, según me explicaron, tenían problemas para viajar.
Cuando terminó el funeral, pensé que nunca volvería a entrar en aquella casa.
Pero entonces apareció un abogado.
Se presentó como el señor Ramírez.
—¿Diego?
—Sí.